lunes, 17 de agosto de 2015

No hemos aprendido la lección



Gonzalo Gayo
No tengo muy claro que la salida de la crisis sea tan cierta como apuntan las cifras oficiales de PIB y desempleo en los últimos meses. Cierto es que el abaratamiento del petróleo, de los tipos de interés y la ligera devaluación del euro han actuado como un bálsamo en una economía necesitada de ciertos estímulos que ayudan a mejorar exportaciones y a hacer más competitivos nuestros productos.
Sin embargo, no hemos aprendido la lección. Pese a la recesión vivida en los últimos siete años cometemos los mismos errores que han llevado a este país a liderar el desempleo y la pobreza en el viejo continente con el agravante de la mayor brecha social sufrida en la reciente democracia.
La aberrante reforma del sistema de pensiones que prolonga hasta los 67 años la edad de jubilación mientras más de un 50% de nuestros jóvenes no encuentra empleo no es más que un recorte de las prestaciones para las jubilaciones futuras en tanto no hayan cotizado 38 años.
Tampoco la reforma laboral contribuye a solucionar el problema del mercado laboral dada la facilidad con la que se ha destruido empleo durante la crisis. Dicha reforma se ha limitado a abaratar los despidos y abrir nuevos cauces para destruir más empleo en la próxima recesión. Ni siquiera hemos sido capaces de copiar modelos que en Europa han permitido amortiguar la destrucción de empleo en los peores años de la crisis, como el caso alemán o en EE.UU., al permitir un mejor reparto del trabajo y las ayudas necesarias a empresas antes que consumar cualquier despido.
A ello hay que sumar la apuesta que Alemania y EE.UU. han realizado por las energías renovables, la agroindustria con productos ecológicos así cómo una decidida apuesta por la economía social que permite que empresas abocadas al cierre remontaran el vuelo como cooperativas de trabajadores. Hoy Alemania y EE.UU. son líderes en energías renovables y en el número de cooperativas en el mundo habiendo superado en el caso alemán la producción energética nuclear mediante el desarrollo de plantas solares y eólicas.
La economía verde es motor de empleo en los países más desarrollados e incomprensiblemente, y por motivos inconfesables, nuestro país ha renunciado en los últimos años al liderazgo de las energías renovables pese a depender en más del 80% de energía que tenemos que comprar en el exterior y pese a también a pagar la energía más cara con un ‘mix energético insostenible’. Ello repercute y repercutirá en un futuro a la competitividad de nuestra economía, que seguirá expuesta a los avatares del precio del petróleo. La autonomía energética es una de las políticas prioritarias entre los grandes países para afianzar una economía sostenible, generadora de empleo y progreso y que nuestros país está obligado a abordar por su enorme potencial tal y como han liderado la canciller Merkel y el presidente Obama.
Les decía que no tengo muy claro la salida de esta crisis porque más allá del crecimiento del PIB o del empleo que se está generando sorprende un descomunal agujero negro en una deuda que se sitúa en más del 90% del PIB cuando apenas hace cuatro años no alcanzaba el 67% del PIB. Y lo peor es que nos hemos endeudado en rescatar a entidades financieras pagando con la deuda que soportarán futuras generaciones para tapar los artificios contables y burbujas financieras que figuraban en los balances de entidades quebradas.
Tampoco podemos obviar el descenso sufrido en los fondos de reserva de las pensiones en lo que llevamos de legislatura. Según el informe anual de enero pasado se confirma que sólo quedan 41.634 millones en la hucha, cuando en 2011 había acumulados 66.815 millones habiéndose gastado un 38% del fondo en poco más de tres años.
No hemos aprendido la lección de una crisis que si ha marcado un antes y un después en países que han apostado por modelos sostenibles de futuro, atajando la dependencia energética, mejorando los controles del gasto y transparencia en el gasto público, fomentando la economía social y creando nuevos nichos de empleo verde en la agricultura, industria, turismo y servicios. Habría bastado una simple mirada a los países más desarrollados y la necesaria voluntad política para abrir un amplio debate sobre el modelo económico en la España del siglo XXI que condujera a un gran pacto de todas las fuerzas políticas. Un acuerdo que debería fijar una hoja de ruta con objetivos claros y el reparto justo y solidario de los sacrificios de una crisis. Sin embargo, seguimos sin dar la adecuada respuesta a los retos de futuro metiendo la tijera donde no toca para seguir dependiendo de variables económicas que están fuera de control y que seguirán marcando un futuro incierto si no reaccionamos a tiempo.